viernes, junio 22, 2012
Cosmological Constant
I care about everything.
As if I had given birth to the world,
and its blood flowed in mine,
and the heavens laid on my shoulders,
and the swamps swallowed my feet,
and the sea ran through my skin,
and the sun burned,
and the moon froze,
and every beast died by my hatred,
and every plant perished by my fear,
and every creature succumbed to my hunger.
And my body is in a state of permanent expansion,
in a state of withering supernovae
and disgregating atoms,
a state of permanent decay.
So why do you say I don't care about anything?
I care about everything.
For I am a child of the world,
and its blood flows in mine,
and the heavens have crushed my shoulders,
and even though it is my will,
there is no chance that I could ever,
ever,
look away.
lunes, junio 20, 2011
Nebulae
domingo, mayo 15, 2011
La Caída
El suicida, contemplando las alturas desde el borde de un rascacielos, cedió en sus intenciones de quitarse la vida, las lanzó todas a un lado.
El edificio que lo sostenía, abrumado por el peso de sus intenciones, colapsó desde sus cimientos.
sábado, abril 30, 2011
¡Oh, la belleza!
En una confusión de pronombres personales el ángel hermafrodita bate sus alas llenando el cuarto de 3x3 de plumas viriles y delicadas y de páginas destrozadas de poesía erótica. Se arranca la aureola y con ella y las plumas pinta un desaforado retrato de ¿Tilda Swinton? que a su vez se parece a Marilyn y a su vez a Marlon Brando y a su vez a todos los dioses que ha parido el monstruo de la belleza.
¡Oh, belleza!
Y el ángel es asexuado para los amantes y es Venus irresistible para las vírgenes. Y el ángel baila y sus piernas tiemblan y son blancas y son duras y a veces parecen patas de araña. ¡Oh, qué swing tiene el ángel! Por sus piernas corre sangre y corre semen. ¡Oh, el ángel! ¡Por sus piernas corren los deseos! ¡Los dedos! ¡Y la vida!
¡Por sus piernas corre la vida!
Pero todos lo condenan.
Y tú, yo, él, ella, nosotros, nos tapamos la cara con velos y apretamos las piernas, mientras el monstruo de la belleza aprovecha para asustarnos y devorar nuestras almas.
¡Oh, la belleza!
Better while listening to: Something Diabolical - The Bloodhound Gang
miércoles, septiembre 29, 2010
Alicia Trasatlántica
Corrió tras él por el pasto reseco, bajo los laureles inmensos y lo vio entrar por una puerta carcomida por la humedad y el comején, a medio tapar por el pasto crecido. Corrió tras él después de la puerta, corrió tras él por una escalerilla de madera y bordeó los muros impregnados de cal.
Y él, como nunca hizo el conejo blanco, se detuvo a esperarla al lado de las tuberías brillantes. Ella se detuvo frente a él y lo recordó. No era así como lo veía en sus sueños, pero no cabía duda de que era él.
Era aquel que se había ido.
-¿S?
-Sí.
-¿Por qué?
-Quise volver.
-No entiendo...
-Te tengo que mostrar algo.
-¡Nada!¡Ni se te ocurra mostrarme nada!
Se tapó los oídos, escuchando en su cabeza las mentiras de la última vez. Aquel partió en una mañana de febrero y no supo dar las despedidas. Aquel dijo todos esas cosas que dicen los protagonistas de las novelas, pero fueron menos que tinta en un papel. Fueron un montón de palabras lanzadas al viento mientras se está de espaldas, un montón de etcéteras y de postales trasatlánticas. No significaron nada. Y ella, recordando esto, huyó con las manos entre los cabellos.
Sabiendo que debía hacerlo, él corrió tras ella. Corrió por el sótano poco iluminado y la alcanzó en la única esquina en que la luz dejaba ver claramente. La acorraló con sus brazos, sonrió.
Ella deseó al cerrar sus ojos tener carácter por una sola vez. Quiso apagar la voz de su cabeza que resonaba desde esos días antiguos, esos días oscuros como serpientes negras reptando fuera de la niebla, serpientes que un día fueron abrazadas, otro desechadas, y nunca nadie debería volver a tenderles la mano.
Él quiso besarla. La determinación furiosa del rostro de ella sólo incrementaba la tentación. Se acercó más a ella.
-Acompáñame a mi cuarto, deja que te muestre lo que he creado.
-No.
La besó sin importar su respuesta.
Entonces ella supo que ya era muy tarde. Otra portezuela se abrió con lentitud y él, tomándola de la mano, la condujo a través del umbral.
La realidad moría poco a poco.
Subieron por un túnel colorido, con tiestos de colores colgados a lo largo de unas ventanas rotas que no daban a ninguna parte. Emergieron en un balcón asombrosamente similar a aquella torre piramidal en que se conocieron en un día lejano. Pero los recuerdos ya no impresionaban, fluían.
El cuarto de S se hallaba sólo unos pasos más adelante. Más tiestos se balanceaban en el balcón, bolas de brezo rodaban por el suelo en todas direcciones y algunos azulejos ocre señalaban el pequeño agujero que servía de entrada al cuarto.
El agujero posiblemente servía para un gato o una comadreja, pero no para un ser humano. S. se introdujo a través del agujero, y por alguna razón incomprensible, entró.
-Nada es como parece.
Ella se deslizó por aquel hueco, como si este se anchara o ella se encogiera. Entró al cuarto azul pálido, que estaba ocupado por una cama absurdamente alta, algo tapado con una manta, cuadros de lagos y conejos y un nochero. En el nochero había un bonsái de cristal, cuyas hojas al caer llenaban el cuarto de esquirlas refulgentes.
S. sacudió el árbol, feliz al observar como las últimas hojas caían y se rompían.
-Eso es importante, pero no es lo que voy a mostrarte.
S. retiró la manta. Bajo la manta había un espejo que en vez de reflejar el cuarto mostraba...
-¿Oxford?
-Sí, Oxford.
Ella se echó a reír, buscando en su bolsillo alguna de esas tantas postales trasatlánticas.
Pero todo esto, por supuesto, no fue lo que en realidad sucedió ese día.
martes, septiembre 07, 2010
Fábula.
La pequeña liebre ártica trotó entre las coníferas, perennes y frondosas entre el helado invierno. La zorra plateada, delgada y ágil como una saeta, salió a su encuentro.
-Ven conmigo a comer esta noche, pequeña liebre blanca.
La liebre tendió sus orejas hacia abajo, temblando de miedo ante la astuta zorra.
-No, zorra plateada, me comes.
La zorra dejó relucir sus afilados colmillos, brillantes ante el sol invernal como aquella tundra inmensa y solitaria.
-Está bien, pequeña liebre blanca, admito que quiero comer tu suave carne y hasta guardar un poco para estos meses de austeridad ¡Je je je! Pero veo que no te faltan agallas. Hagamos un trato: un concurso de velocidad.
La liebre sabía sin duda alguna que era más veloz que la zorra. Intuyó la trampa en la propuesta, pero aceptó. Sabía que, de no aceptar la propuesta, sería perseguida y devorada.
La zorra llevó a la liebre hacia un recodo de una de las gélidas montañas. Señaló la cima con su pata plateada y le dijo: -Hasta la cima, pequeña liebre blanca. Si llegas tú primero, prometo no volverte a molestar. Si llego yo primero, te degüello y te como.
La trampa se hizo clara a los ojos de la liebre. Los altos riscos le hicieron saber que, a menos de que supiera el camino, probablemente rodaría de nuevo a la base de la montaña en menos de lo que se derrite la escarcha en verano. Y la zorra, ágil y astuta, saltaría sin riesgos hasta la cima. Sin embargo, emprendió la escalada. ¿Qué más podría hacer? Saltó, con amplios pero no muy certeros saltitos, entre roca y roca, entre nieve y nieve. La zorra, riéndose entre dientes, corrió hasta salir de la vista de la liebre, para subir por un amplio pero poco visible camino, seguro y duro. La liebre, mientras tanto, sentía sus patitas cada vez más heladas.
-Tengo que llegar. Tengo que llegar.
De repente, una sombra gris y grande surgió de la helada cima. Trotó montaña abajo y se abalanzó sobre la zorra. Un restallido de chillidos y gruñidos duró por un momento, hasta que la piel plata de la zorra de tiñó de granate.
Era un lobo gris.
-De la que me he salvado.- Pensó la liebre, frotando sus patitas, ignorando la otra sombra gris que, relamiéndose, se acercaba a su níveo lomo.
Moraleja: Si no te come la zorra, te come la loba.
Moraleja 2: Todos estamos jodidos, tarde o temprano.
Moraleja 3: Los lobos andan en manada.
Vendetta
La luna roja hace derretir palabras, el cielo y el infierno se abren en el vagón celeste: el firmamento de una ventana mas allá que son tus ojos de sed y de agua en los que busco estrellas agonizantes o saturnos profundos. Desierto es tu venganza, y excitación es la lívida suciedad de cadáveres en recuerdos
Esos te quiero muertos, esas caricias detestadas por un cielo detestado. Dame de ese corazón crudo que ya no puede querer, déjame vendarte los ojos y yo dejaré que vendes los míos mientras nos buscamos con cuchillos que por nosotros besos puedan dar a luz nuestra sangre. Le hablo al espejo que se esconde en ese pabellón de miedo, le hablo a mis manos que no paran de escribir y a mi locura en pozos de éxtasis y falsa saciedad, admiración hacia esa crueldad que a Marte y a Venus en llamas mis ojos ven y mis oídos se aturden escuchando gemidos que me doy cuenta rebotan en el espejo.
Ese momento de dolor y putrefacto cariño que mis gritos y mis colmillos dan a tu ser, dan a mi piel antes de dormir... ese placer retorcido que creíste apagado, esa maldita llama que torna el más dulce cariño en la más sórdida pasión.
Mi amarga amada, se mía de nuevo entre tu lecho impío, oscuro y violado. Déjame que sea yo quien ponga los sabores, que sea yo quien arruine el almíbar y lo extienda, envenenado, en esta noche creada por mis predestinadas manos condenadas a aquello que el alma del hombre no puede contener. La ira consume estos ojos, este cuerpo, Venus y Marte llaman a retribución porque tú los llamaste en medio de gemidos. Déjame, súcubo en trajes de doncella, y ya no tendré que hablarle a mis manos. Le hablaré a tu muerte, a tu sangre tan dulce como tu boca perfecta, y le hablaré al cálido sitio que te han reservado en el infierno....
viernes, abril 23, 2010
Cuento para irse a dormir.
Todas las noches recuerdo que en el cajón con llave hay un saco de terciopelo escarlata. Dentro de él, un pañuelo ensangrentado y una botella de perfume rota. Pero nadie, ni siquiera yo, sabe dónde está la llave.
M crea un amor imaginario, lo usa, lo saca y él no duele. Se enamora de un tipo real, y ahora le tiene que terminar al maldito fantasma que, sin doler, envuelve su pecho todas las noches con aquellas cosas innombrables de los seres imaginarios. A los fantasmas se los mata convenciéndolos de que son felices. La desdicha es su sangre y se seca como polvo desértico.
Todo lo que a usted le digan sobre el amor no puede ser cierto. De esas cosas no se puede hablar ni sobrio ni despierto. Cuando uno sabe lo que está diciendo se arruina. Todos saben cuál es la esencia del problema y cada uno le da su nombre propio. Yo no sé ninguno aparte del mío. Las hormigas caminan por mis antebrazos y usan la translucidez de mi piel como carretera.
H se reproduce como las bacterias cuando se oculta el sol. Sus hijos, clones, asesinados al nacer, se pudren bajo el piso de una fábrica de colchones cuya ubicación es secreto nacional.
En las noches la realidad se disuelve. Entre las 12 y las 4 nadie sabe qué hizo con exactitud. Todos tienen una jodida idea, pero si uno se pone a averiguar habría sido lo mismo si los hubieran abducido los extraterrestres.
V no sabe lo que hizo en la noche del 30 de abril de 1999. Pero sabe que aquello que hizo cambió su vida. Pronto se cumplen once años del suceso y todo lo que recuerda es una botella de whiskey añejo y un gato gordo que abría su mandíbula con dientes puntudos para comenzar a hablar sobre la calidad de las cosechas de vino del '72.
En la noche del 4 de octubre de 2007, X caminó hacia su casa sobre piedras blancas y hojas secas. Mientras andaba, las luces de la calle titilaban hasta apagarse con un chasquido y un chorrito de humo. Entonces supo que lo que pasara de ahí en adelante dejaría de tener valor de realidad. Todo fue bueno, a partir de esa noche, pero nada de eso pasó alguna vez. El 29 de febrero de 2008 X vio como una ambulancia se chocaba contra un bar vikingo. Un paramédico saltó fuera de la ambulancia aplastada con habilidad felina. Los intestinos colgaban fuera de su estómago. Anduvo con paso erguido hacia X, quién quería ser médico así no lo fuera en la realidad. Sonrió. X sabía por que sonreía. Se desplomó de repente y cayó sobre X, quien mirando las luces en las ventanas encenderse entendió que todo lo que pasara luego sería verdadero, jodidamente verdadero.
Nadie se da cuenta cuando cierra los ojos. O si los cierra. O si los vuelve a abrir. Si le cosen los ojos al dormir y vuelve a abrirlos antes de despertarse.
L duerme sobre su escritorio, al lado de su máquina de escribir. Sus ojos son negros y pétreos como los de playas tristes. Al lado de una de las patas de la silla está un escarabajo retorciéndose de espaldas, con una aguja atravesando sus alas, incapaz para siempre de dar media vuelta. L a veces se levanta, sonámbula, con sus ojos brillantes como lagunas de bosque espeso. Vuelve a la silla y sigue en su sueño. En una de esas veces se mete al baño, aún sin despertar, se ducha y se acuesta desnuda en el piso marmóleo. Se despierta tiritando en un charco diáfano, incapaz de dar media vuelta.
martes, marzo 16, 2010
Genocidio Interno
con suelas de puntas y camisas de arena.
A quienes horadan la tierra y no hallan gusanos.
A quienes horadan cabezas y no hallan vergüenzas.
Muerte a quienes ruedan hacia abajo,
atados a otros y descalzos sin pena.
A quienes disfrutan clavarse las piedras,
arrancarse los cabellos, abrirse la testa.
Muerte a quienes entierran sus cabezas
en la grava fresca, avestruces durazno.
A quienes con el culo ven las estrellas,
que con los ojos van viendo párpados.
Muerte a quienes excavan tumbas,
sepultureros de sueños sin nombre.
Muerte a quienes destrozan cunas,
que habían luego de ser las propias.
Muerte a quienes deseamos la muerte,
a quienes a nadie salvamos de la caída.
Muerte a los vivos por haber muerto,
muerte a los muertos por desear una vida.
domingo, enero 17, 2010
(He tratado de encontrar un titulo que no suene presuntuoso, no he podido)
La ruina del ser humano está, indudablemente, en sus deseos más profundos. Y en los esfuerzos para conseguirlos.
-No es un proceso sencillo, no se completaraa de la noche a la mañana. Tendrá su criticismo, es inevitable, pero al final será imposible desconocer sus ventajas. Una sociedad utópica, una nueva sociedad, sin escoria, sin desdicha, está al alcance de nuestras manos.
Frankenstein. El bien y el mal solo son definibles en las fábulas infantiles. La moralidad es una guía solo para los imbéciles. Mentir es una función social.
-Esta parte, por favor, ruego que no sea repetida fuera de este recinto. La finalidad de este proyecto no es, como usted bien ha supuesto, la combinacioon exitosa de dos seres humanos. Esa es solo, por así llamarla, la primera etapa. La meta final de este proyecto es la amalgación total de la humanidad como conjunto. No me mire de esa forma, no se riia. Creeame, es más que una fantasía.
Yo. Yo soy yo? Si cierro los ojos, el mundo no desaparece. Mi mundo, sin embargo, sí lo hace. El mundo es para mí lo que he visto de él. Aquello que no conozco no existe. El mundo podría ser mi imaginación. Si yo fuera otra persona, mi mundo sería otro? Si usted y yo fuéramos el mismo ser, si todos fuéramos el mismo ser, Podría el mundo dejar de ser un millón de universos fragmentados y comenzar a ser uno?
-Dios no es otra cosa que la humanidad entera. Dios no es otra cosa que la consciencia colectiva.
Mi yo acaba en la capa más externa de mi piel, en la puntas de mis cabellos. Mi mente se mueve en ese vehículo, mi mente observa desde su torre. Soy yo algo más que un amasijo de carne que razona? Soy más que un conjunto de recuerdos y sensaciones en un cuerpo? Qué, quién, soy yo?
-El fin de todos los suplicios! Dios, Dios, lo que las masas aclaman es un dios! Qué mejor manera que demostrarles que ellos mismos son ÉL! Ahora solo necesit..-
-No sé usted a dónde quiere ir con esas ideas, yo sólo quería ver si podía prestarme el teléfono.
Si en realidad todos fuéramos uno, seguiría yo existiendo?
viernes, enero 15, 2010
Medellinwood
A veces pienso que nosotros, el par de millones que vivimos en este valle, somos los actores de una película surrealista. Nuestra actuación es insuperable y el mundo entero nos vitorea.
Qué buenos somos, nos han dado papeles perfectos.
El director se para en el último piso del edificio Coltejer. Las luces naranja, reflectores brillantes, chocan contra las laderas de las montañas al atardecer.
Y a veces imagino que un tipo, cara en claroscuro perpetuo, traje de gangster, cigarrillo ladeado; me sonríe y se recuesta enigmático contra una roca de la ladera montañosa.
Su peso hace tambalear el cerro. Con un chirrido estruendoso y un golpe seco la montaña cae. Estaba hecha de cartón pintado.
El mundo, expectante, maravilloso, estaba detrás de ella.
lunes, septiembre 21, 2009
My Chemistry Teacher Thinks I'm Emo
Mierda, ¿Por qué la clase de química dura tanto?
Las 5: 35. Me muero, falta mucho. Muero, el suplicio se alarga...
Que ya no me lleguen más mensajes. Que ya no me quieren.
Señora, déjenos en paz. Venticinco minutos de paz.
-Hable, Señorita, responda.
-Que yo no tengo respuestas, tengo más preguntas.
-Responda, Señorita, hable.
-Que, Señora, la cantidad de pirita de hierro producida en la reacción es directamente proporcional a lo mucho que le disguste que le recuerden que usa joyas de oro falso.
-Es correcto, es correcto. 0.5 añadido por eso. Punto cincos, punto sietes! ¿Quién pide más?
-Pero,¿Por qué?
-Por que así son las cosas hasta las seis en punto. El régimen es inmutable.
-¿Cuánto falta para las seis y largarnos de aquí? Señora, cuánto me encanta perder el tiempo.
-Qué raro habla. ¿Con quienes se junta?
-Oh, Señora, nuestra vida diaria parece un tributo continuo al arte dada.
-¿Dónde?¿ Qué? ¿Quienes?
-Nadie, haciendo de todo, frente a sus narices.
-Lamentable. La juventud de hoy me hace recordar aquellos tiempos decentes cuando...
-Señora, faltan cinco, para su vida no tengo tiempo. Me quiero ir, las sales me dan cólico.
-¿Está usted en una de esas subculturas modernas?
-De submarinistas renegados.
-¿Emos?
-¿Que qué?
El timbre.
-Señorita emo, tengo clase ahora. Como somnífero andante, debo cumplir mi deber y partir.
-Pero si yo no soy...
Son las seis y dos minutos. Que no me lleguen más mensajes, que no me quieren. Que soy emo. Que no entiendo.
Ya me largo.
jueves, diciembre 18, 2008
Voltear la almohada para obtener el lado frío
Fue un sueño muy importante.
Durante todo el día siguiente pensé en mi sueño, mi primer sueño importante.
Estaba tan emocionada que aquella segunda noche, cuando soñé, soñé que soñaba nuevamente mi sueño importante.
Fue tal el orgullo que llenó mi espíritu tras este asombroso hecho, que le conté a todos mis amigos (y también a los vecinos, los tenderos, el conductor del taxi, y cuanto humano quiso prestarme una pizca de atención.) aquella inesperada hazaña que jamás pensé que podría cumplir.
Aquella noche yo no soñé nada.
He deducido que el hecho de no haber soñado nada causó un vacío-anomalía en el mundo de los sueños, y los vacíos siempre deben ser compensados de alguna manera. Por esta razón, todas las personas que escucharon mi asombrosa hazaña soñaron cosas muy importantes.
La mañana que le siguió a esos sueños fue la más extraña de la que he tenido noticia.
Había gente que volaba, gente que caminaba en las cejas, un barrendero que era ahora gerente de una multinacional de aspiradoras digitales.
Nadie jamás había visto tal cosa. Era espectacular, y el gobierno y los periodistas vinieron a enterarse de lo que había ocurrido. Como no eran capaces de explicar nada, llamaron a neurólogos, psicólogos, sociólogos y cuantos logos pudieron encontrar.
Los logos tampoco pudieron hallarle una explicación concreta al asunto.
Sólo supieron que todo había comenzado con mi sueño importante y me sacaron en las noticias, pues era un sueño verdaderamente importante.
Todo el país conoció mi sueño y mi historia.
Esa noche tampoco soñé.
Y todo el país tuvo sueños importantísimos.
Me llegaron cartas de hombres culebra, de tres mil personas que ganaron la lotería. De cosas que ahora eran personas, de personas que ahora eran nubes. Todo soñado en una noche.
Al caer la noche ninguno de ellos soñó.
Sólo yo.
martes, noviembre 11, 2008
Like a river
¿Qué soy yo? Me tortura la pregunta, como a todos. Una niña, una niña sólo puede escribir banalidades, cartas cursis de amor, yo qué sé. Yo no sé nada, cuál es mi nombre, todos tienen uno, lo dice la constitución. A mí qué me importa la puta constitución de este desgraciado país, para qué nos ha servido. ¿Quiénes somos nosotros? Somos tú y yo, amor mío, no pertenecemos, nada es nuestro, abandonados, desposeídos.. Acabemos con todos, rosticémoslos a todos. Tráeme bombas, lanzallamas, napalm; ojalá nos matara el sol, acabemos con la magnetosfera, mandémoslo todo a la mierda.
Puras groserías, basura deletreada, basura que escurre por ambos lados de la boca de carne. Basura, suciedad, pecados capitales, infierno en las puntas de los dedos, algo de olor, algo de color le añaden a la vida.
El blanco es limpio, el blanco no es basura, el blanco duele, el blanco corta aquí adentro.
Blanco.
Blanco puro, blanco impoluto, blanco inmaculado, blanco religioso, blanco hueso, blanco ballena, blanco ceguera, blanco pastilla, blanco muerte, blanco muro, blanco suelo, blanco ser.
Blanco yo.
Todos pintan sus casas de blanco. Son frías. Heladas. Gélidas. Glaciales. Paso el tiempo buscando palabras que designen al frío. Y la muerte. El frío de la muerte, el frío de la nada, como decía el desdichado y triste José Asuncioncito.
José Asuncioncito está muerto.
A finales del siglo XIX las cosas no eran tan frías. Me hace preguntarme como no se mata más gente ahora.
Tal vez sí se maten.
A quién le importan las estadísticas, el Dane es escoria.
Me importan las vidrieras, la casa se llena de ellas(¿Qué condenado bastardo tuvo la idea de llenar una casa de vidrieras?).
Me topo, me estrello, se rompe, me rompo, nos cortamos.
¿Por qué no la vi? Es el blanco ceguera.
Me sangra la frente, los pómulos, las muñecas.
Los muslos, los brazos, los labios.
El pecho, y toda la sangre guardada durante largas lunas sale disparada como un misil.
No como un misil, como otra cosa, como el torrente de...
Un río. Como un río.
Quiero ser un río, quiero que peces naden en mí, swoosh swoosh, quiero fluir, no pensar.
Quiero escribir como un río.
jueves, octubre 23, 2008
De otro modo, de ningún modo
Conozco el miedo que doy cuando bajo la cabeza, levanto los ojos y digo con sonrisa quebrada... blaaancaaa... y entonces me río, con espasmos cortos, más alto, ¡más alto!... más cerca y luego el retroceso...
Y si le tuviera miedo a los bichos los mataría con Baygon.
Y si le tuviera miedo a los asesinos cerraría con cinco llaves.
¿Y si le tengo miedo al incienso de vainilla, qué hago?
Muérete, mátame, arráncame la cabeza, mátalos, mátate, mátame.
No importa cuánto más rápido corra al vestíbulo, no garantiza que me abran la puerta.
Mátame, mátate, mátalos, arráncame la cabeza, mátame, muérete.
Huyo porque soy cobarde, te odio porque soy egoísta, miento porque me da la puta gana.
¿Y tú me ves?
Pregunta estúpida # 564, cómo vas a verme, es inaportante.
Soy inaportante.
Siempre estuvimos de acuerdo, soy un inaportante estorbo.
Lloro porque soy de vidrio, muerdo porque tengo rabia y todo porque eres inevitable.
Haces con mi vida tu santa voluntad, y me haces miserable.
miserablemiserablemiserablemiserablemiserablemserablemierda, como una rata de alcantarilla en un cubículo hermético.
Y, finalmente, perdóname.
miércoles, julio 30, 2008
Rayuela
No quiero que se asuste con mi presencia.
Está sentado en una de las últimas mesas. Solo, con el ejemplar de Rayuela tapándole el rostro.
Corro entonces entre los dibujantes de mapas, los redactores de informes y los cazadores de dragones. En algunas ocasiones, sus papeles vuelan con mi velocidad silenciosa. Incluso, un tarro de tinta voló para dar un bonito aterrizaje de cabeza en un extenso trabajo cartográfico sobre la topografía atlante.
Ignoré los gritos de dolor del cartógrafo y me apuré a quitarle el libro al lector de Rayuela, antes de que sacara su máscara y sepultura su dolor en un sombrero de ala ancha.
Ahí estaba, escondido.
Ya sin libro entre las manos, me observó con su lánguido rostro lleno de lágrimas.
Temblaron sus labios y dijo:
-No puedo leer. Ya no puedo leer, nunca. No veo sino garabatos en las páginas. Ya... ni siquiera sueño.
Se tiró sobre la mesa con la cabeza entre las manos y las falanges entre los dientes, ruñiendo las yemas de de los dedos como una rata exasperada.
Y lloró amargamente.
viernes, junio 27, 2008
Antifábula fría (I)
I'm not gonna stand here and wait.
I'll hold on to the wings of the eagles
Watch as we all fly away.
Siempre he querido ser el héroe. Nunca el monstruo. Un día yo los salvaría a todos, acabaría con la maldad que caía como un murciélago sobre la tierra. Un día, descubriría algo que me haría más poderoso que todos los demás.
Pero me temo... me temo que hace tiempo que soy un maldito monstruo.
Yo... leía novelas. Siempre leía novelas y yo era Aragorn, era Tom Sawyer, era la reencarnación de Apolo y mucho más. Sabía que yo era tanto, que algún día alguien tocaría esa enorme puerta metálica para decirme que yo era el Elegido. ¿Por qué nadie podía creerme?
No era tanto un problema de fe como uno de escucha. Podría haber ganado la mención de honor o prendídole fuego al perro, era la misma cosa que tratar de ganarme el afecto de las lámparas. Incluyendo ciertamente el hecho de que no podía tener perros y de que habría sido más fácil encender un fuego en Alaska que en esa casa.
A mí me habría gustado Alaska. Hay alces, osos y lobos. Lobos, como en Colmillo Blanco. Cómo deseaba ser un lobo... Si yo hubiera nacido lobo, nadie me habría encerrado en una casa. Hasta podría haberme comido a la iguana (No hay iguanas en Alaska, pero yo creo que podría comerla de todas maneras) y todos me respetarían.
Si usted decide tener hijos, recuerde, nunca, pero NUNCA, deje a un niño pequeño solo en una casa demasiado blanca, fría, grande y para colmo vacía. Los niños tienen cuerpos blandos y un poco porosos, casi como una esponja, y pueden helarse por dentro. Puede helarse su corazón o su cerebro, y usted puede acabar con un hijo insensible o idiota, o las dos a la vez. Tampoco compre iguanas para compensar lo anterior. No sólo es inútil, sino que las iguanas sienten un profundo asco hacia los niños pequeños. Esto es porque los niños no son verdes ni alargados ni tienen sangre fría, y las iguanas nunca, pero NUNCA cambian de opinión.
Me congelé. Mi sangre se convirtió en frappé y mis ojos en vidrio escarchado. Adquirí la capacidad de enfriar cualquier cosa, desde emociones hasta salones de baile. Mis capacidades intelectuales no se congelaron.
Caí sobre cada gota de calidez como el sediento murciélago vampiro sobre la dulce sangre del herido. La llanura antártica en plena América tropical, eso era mi piel, mi casa...
No crea usted que yo era un demonio. Ahora soy un demonio, en ese entonces era sólo un humano gélido, como Kai en "La Reina de las Nieves". Y contra toda suposición, era más feliz que cualquier hombre cálido... No amaba a nadie, no necesitaba el amor de nadie y tenía todo lo que alguna vez podría desear. Y me parecía más a un lobo que antes.
Lo único era que todos me odiaban. Es decir, me odiaban desde que nací, pero no tanto. No pensaba que eso fuera un inconveniente, sólo una consecuencia. Una consecuencia inútil en mi mundo de útil/inútil, agradable/desagradable.
Un día no tan invernal, hablé con alguien. Alguien en base antipática, con intenciones de matar a todos sus captores y tener un observatorio astronómico. A mí me parecía alguien muy agradable. Jamás le dio frío cuando yo hablaba.
Nunca sufren de fríos quienes miran las estrellas. Ni en mi casa. Ni en un cuarto estrecho con ventanas enrejadas. También yo empecé a mirar el cielo, cuando ella estaba de humor suficiente para pasarme su telescopio. Creo que nunca había visto el cielo nocturno antes. Demasiado fuego para grises iris de hielo. Luego lo seguí mirando, porque los cuerpos celestes están tan lejos que tendría que mirar años para que mi corazón se convirtiera en un charco. Ella me lo explicó.
A pesar de eso, hubo algo que cambió en mí, en materia de temperatura y otros aspectos. Un retroceso en mi propia glaciación. Y así menguara mis capacidades congeladoras y causara escozor en las arterias, no me quejé. Era casi positivo.
Pasé tanto tiempo leyendo estrellas, entregando y recibiendo diversos objetos entre barrotes decorados y escuchando planes de escape-homicidio múltiple, que olvidé hacerles la vida amarga a los otros de la casa. En especial a la viscosa iguana sin nombre. Era mi cometido molestarla, encerrarla, tratar de hacerla sopa exótica hasta que purgara todo lo que me hizo en mi infancia.
¿Por qué diablos no se murió ese animal? Es un reptil de selva húmeda tropical, habría debido necesitar calor diario para sobrevivir. Pero no, se las arreglaba para existir y fastidiar en uno de los ambientes más helados posibles en esta ciudad. ¡Debería haber muerto víctima de alguno de mis experimentos gastronómicos! Y ni siquiera eso... A veces me pregunto si realmente era una simple, escurridiza y odiosa iguana o había algo más en su naturaleza.
También estaban los otros humanos de la casa. Yo no les era útil y les habría encantado deshacerme de mí. Excúseme, no hablo con la necesaria precisión. Se morían de ganas de deshacerse de cualquiera que no fuese ellos mismos. O de partes suyas que no eran útiles. En síntesis, eran como yo completamente congelado, excepto por la hipocresía, la codicia, la soberbia y la idiotez. Después de tanto tiempo sigo sin saber que querían. ¿Dinero, salud, estabilidad, dolor ajeno? Lograban lo último, pero nunca vi (hasta el día que estaba por llegar) que lo disfrutaran de verdad. Completos imbéciles.
Al olvidar irresponsablemente mi misión hacia estas criaturas, eché a perder mi propio objetivo. Que el mundo me dejara en paz y en segundo lugar, que alguien me considerara un héroe. Eso era todo. Vana ilusión de todas maneras.
Los otros y la iguana habían hallado la manera de suspender hostilidades y aliarse para acabar conmigo. Bueno, me odiaban, algún día tendrían que hacerlo. Pero seguía siendo mi culpa por dejarlos. No podían herirme, asustarme, humillarme, aislarme, perturbarme ni ninguna otra cosa. Sin embargo, en el desorden de sus mentes (Muy probablemente en la de la iguana) surgió un método. Uno de esos métodos tan simples, baratos y efectivos que nadie haría una película sobre eso. Tan pero tan simple... Engañar a los vecinos, secuestrar una muchacha y aplicar un poco de la vieja violencia. ¿Qué podría salir mal?
Todo les habría salido mal, si yo no hubiera actuado como un tonto. Si yo hubiera vigilado sus pasos, si yo hubiera evitado sus reuniones, si yo le hubiera avisado, si yo hubiera ido a verla antes. Si yo hubiera. Nadie sabe lo que habría pasado si yo hubiera hecho algo, pero pasase lo que pasase, tendría el consuelo de haberlo hecho.
No pensé nada cuando metí las llaves en la cerradura, cuando empujé la gran puerta metálica sin esperar más que silencio como recepción. Pensé algo cuando al caminar sobre la fría baldosa escuché algo sin precedentes. Mi nombre pronunciado en voz alta por la voz dulzona de una mujer adulta. Me inquieté cuando lo repitió. Me dieron escalofríos cuando otras voces también me llamaron. Corrí escaleras arriba, esquivando milagrosamente muebles y vidrieras. Sus voces provenían del salón del tercer piso, donde finalmente entré.
El salón del tercer piso no era blanco como el resto de la casa. Era rojo ladrillo y generalmente la única decoración era un colchón a cuadros tirado en el piso y una mesa ruñida. Y allí estaban todos, radiantes, con sus mejores trajes y sus mejores sonrisas, tan cariñosos que pensé que iba a vomitar. No intuí inmediatamente lo que tramaban, pero... era un asco.
Una mujer joven, de pelo corto a la moda que enmarcaba su rostro pecoso de ojos amarillos, mostró sus dientes relucientes y preguntó suavemente:
-¿Sabes qué hacemos aquí?
-No me digas, ¿Una obra benéfica?
-Podría decirse-Se rió como modelo de comercial- Llamemos a esto tu hora de independizarte de casa, hermanito.
No era normal la forma en que lo estaba diciendo. Esta vez iba en serio.
-Muéstrenme qué tienen atrás- Ordené señalando algo puesto sobre la mesa ruñida.
-Como tú desees.- Se rieron con sonoridad.
Casi pierdo el sentido cuando vi que era ella, y la forma en que la cogía mi hermana, como una muñeca de trapo muy grande.
-Párate sola- Y la empujó hacia adelante.
No me miró. Se quedó mirando el piso rojizo, mascullando algo. Le corría sangre por el rostro. Quedé... no existe una sola palabra en ningún idioma que pueda describir adecuadamente mi reacción. Era como si me hubieran dado una golpiza y como si a la vez me estuviera derritiendo.
Mi siguiente reacción fue ir hacia ella. Pero los dos hombres me cerraron el paso y me tiraron hacia la pared. Caí al suelo, débil, mientras vi que ella me dedicaba una larga mirada furibunda y Helena (Mi hermana) la llevaba atrás.
El pulcro y siempre bien vestido Lorenzo me encadenó mientras yo miraba mareado la actuación que fraguaba mi familia, los otros. La ataron a algo, una especie de cruz, aunque con más aspecto de antena de TV. Helena extendió en la mesa los múltiples instrumentos de tortura para luego decirme:
-Al comienzo pensamos que lo mejor sería tu muerte. Pero no sólo esto es más divertido, sino que nos asegura tener el camino libre de indeseables sin derramar la sangre de nuestro linaje-Soltó una risita siniestra- Disfruta.
Le escupí. Se rieron más.
Helena tomó una navaja especialmente afilada y comenzó la función.
No voy a describir la tortura. No es por miedo, por recato (que no tengo mucho) ni por asco. Es que es demasiado doloroso, demasiado inútil y demasiado innecesario. Sepa usted que hubo mucha sangre, muchos alaridos y muchas carcajadas. Si quiere saber más, hay toda una sección de películas gore que están esperándole en algún alquiladero o tienda de películas. Yo estaba semi inconsciente en algunos ratos, histérico en otros. Deseé la muerte con todas mis fuerzas.
Pero no morí. Ni siquiera me desmayé totalmente. Tampoco era capaz de hacer nada. Mi estado era completamente vergonzoso y tan hilarante para mis familiares que los impulsaba a ser más y más crueles.
Cuando cayó al suelo, tras haber sido cortadas las cuerdas que la ataban a la cruz, cuando no emitió ningún sonido tras el golpe de su caída, no pude más. Me ardían las entrañas como si fuera un volcán a punto de entrar en erupción.
Y... fuego. Lo único que logro recordar con precisión, el color de las llamas. No sé exactamente como me deshice de las cadenas, como pude levantarme y tomar las antorchas para acabar con sus repulsivas vidas. El caso es que lo hice, y en un breve periodo de tiempo sus caros y combustibles trajes ya estaban incendiándose. No sé si gritaron. No sé si pidieron ayuda o se revolcaron por el piso. Yo sólo quería verlos morir, quería ver la casa blanca inmaculada en cenizas oscuras. Quería morir ahí también, terminar con todo.
Entre el incendio y los cadáveres calcinados, me recosté en el piso. Estaba tan cansado... y el calor me adormilaba aún más. Me quedé dormido en el suelo por primera vez cálido... soñé con estrellas lejanas, con galaxias situadas en el otro horizonte del universo. Ya nada podría quemarme, mis manos ya no eran gélidas y nunca más...
Con una brisa suave y fresca, me desperté. Tardé un poco en darme cuenta de que no estaba en el más allá, si no en uno de los pocos trozos intactos de las ruinas que me rodeaban. Tal vez me habría alegrado, si el incendio hubiese ocurrido en otro tiempo... en otras circunstancias...
¡Y ella! Su cuerpo... ¿Dónde estaba su cuerpo? Pasé todo el día corriendo entre montones de ceniza, desenterrando miembros y muebles destruidos, tratando de no ser aplastado por escombros que caían. Lo busqué tanto como pude, sin tomarme un respiro. Pero ningún trozo de tela quemado era suyo, ningún cadáver tenía su rostro. Desistí cuando la luz naranja del crepúsculo se coló por el marco de la ventana, y supe que nunca volvería a verla...
Me alejé de las ruinas, sin más rumbo que el que decidiera el destino. Sólo me volví una vez hacia la casa, hacia las oscuras ruinas donde me pareció ver un escurridizo destello verde...
Y sin pensar en nada más, me encaminé hacia otra galaxia, otro mundo, otra calle, otro sitio con tierra y cielo, sin esperar más que silencio como austera recepción.