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martes, septiembre 07, 2010

Fábula.

La pequeña liebre ártica trotó entre las coníferas, perennes y frondosas entre el helado invierno. La zorra plateada, delgada y ágil como una saeta, salió a su encuentro.

-Ven conmigo a comer esta noche, pequeña liebre blanca.

La liebre tendió sus orejas hacia abajo, temblando de miedo ante la astuta zorra.

-No, zorra plateada, me comes.

La zorra dejó relucir sus afilados colmillos, brillantes ante el sol invernal como aquella tundra inmensa y solitaria.

-Está bien, pequeña liebre blanca, admito que quiero comer tu suave carne y hasta guardar un poco para estos meses de austeridad ¡Je je je! Pero veo que no te faltan agallas. Hagamos un trato: un concurso de velocidad.

La liebre sabía sin duda alguna que era más veloz que la zorra. Intuyó la trampa en la propuesta, pero aceptó. Sabía que, de no aceptar la propuesta, sería perseguida y devorada.

La zorra llevó a la liebre hacia un recodo de una de las gélidas montañas. Señaló la cima con su pata plateada y le dijo: -Hasta la cima, pequeña liebre blanca. Si llegas tú primero, prometo no volverte a molestar. Si llego yo primero, te degüello y te como.

La trampa se hizo clara a los ojos de la liebre. Los altos riscos le hicieron saber que, a menos de que supiera el camino, probablemente rodaría de nuevo a la base de la montaña en menos de lo que se derrite la escarcha en verano. Y la zorra, ágil y astuta, saltaría sin riesgos hasta la cima. Sin embargo, emprendió la escalada. ¿Qué más podría hacer? Saltó, con amplios pero no muy certeros saltitos, entre roca y roca, entre nieve y nieve. La zorra, riéndose entre dientes, corrió hasta salir de la vista de la liebre, para subir por un amplio pero poco visible camino, seguro y duro. La liebre, mientras tanto, sentía sus patitas cada vez más heladas.

-Tengo que llegar. Tengo que llegar.

De repente, una sombra gris y grande surgió de la helada cima. Trotó montaña abajo y se abalanzó sobre la zorra. Un restallido de chillidos y gruñidos duró por un momento, hasta que la piel plata de la zorra de tiñó de granate.

Era un lobo gris.

-De la que me he salvado.- Pensó la liebre, frotando sus patitas, ignorando la otra sombra gris que, relamiéndose, se acercaba a su níveo lomo.

Moraleja: Si no te come la zorra, te come la loba.

Moraleja 2: Todos estamos jodidos, tarde o temprano.

Moraleja 3: Los lobos andan en manada.

Vendetta

... Una colaboración con un amigo... no prometo nada del otro mundo...

La luna roja hace derretir palabras, el cielo y el infierno se abren en el vagón celeste: el firmamento de una ventana mas allá que son tus ojos de sed y de agua en los que busco estrellas agonizantes o saturnos profundos. Desierto es tu venganza, y excitación es la lívida suciedad de cadáveres en recuerdos
Esos te quiero muertos, esas caricias detestadas por un cielo detestado. Dame de ese corazón crudo que ya no puede querer, déjame vendarte los ojos y yo dejaré que vendes los míos mientras nos buscamos con cuchillos que por nosotros besos puedan dar a luz nuestra sangre. Le hablo al espejo que se esconde en ese pabellón de miedo, le hablo a mis manos que no paran de escribir y a mi locura en pozos de éxtasis y falsa saciedad, admiración hacia esa crueldad que a Marte y a Venus en llamas mis ojos ven y mis oídos se aturden escuchando gemidos que me doy cuenta rebotan en el espejo.
Ese momento de dolor y putrefacto cariño que mis gritos y mis colmillos dan a tu ser, dan a mi piel antes de dormir... ese placer retorcido que creíste apagado, esa maldita llama que torna el más dulce cariño en la más sórdida pasión.
Mi amarga amada, se mía de nuevo entre tu lecho impío, oscuro y violado. Déjame que sea yo quien ponga los sabores, que sea yo quien arruine el almíbar y lo extienda, envenenado, en esta noche creada por mis predestinadas manos condenadas a aquello que el alma del hombre no puede contener. La ira consume estos ojos, este cuerpo, Venus y Marte llaman a retribución porque tú los llamaste en medio de gemidos. Déjame, súcubo en trajes de doncella, y ya no tendré que hablarle a mis manos. Le hablaré a tu muerte, a tu sangre tan dulce como tu boca perfecta, y le hablaré al cálido sitio que te han reservado en el infierno....