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jueves, abril 19, 2012

El perro

La hierba es alta, la maleza abunda. Las hormigas son rojas y negras. Cargan al mundo. Las nubes son cúmulos. Los cedros florecen, las ceibas tienen espinas de la mitad del tronco para arriba. El calor no es seco. Las montañas son pardas, las carreteras las cortan. La única emisora que suena en la radio sigue siendo Radio Uno. La sensación es de infinitud, de suspensión en un calor sin final, de viento que arrastra y lo único que existe son esos bosques pardos entre quebradas y colinas.
La cabeza de Diego se mece con el viento, sus manos reposan en la tierra. Es un poco más él que de costumbre. Lleva el pelo castaño más corto de lo
acostumbrado, está delgado y si hablara su voz no tendría afectación. Su padre se ha ido. Está solo en el prado. Un machete reposa a su lado, cálido y refulgente como todo en ese mediodía. Diego no piensa en nada en especial. A ratos suenan en su cabeza palabras como mamá, papá, ella. Pero no tienen importancia, no más que los cúmulos en el cielo, que pasan de islas a dragones y de dragones a sirenas y de sirenas a…
Un ruido ha roto la calma. Los ladridos de un perro. Diego lo busca con la mirada. Ni siquiera se lo imagina como un perro. Lo ve como una figura más del paisaje, un cedro parlante, una nube que cobró vida. El perro se hace más tangible. Es un
chucho de raza criolla, amarillento, con rayas de tigre en el lomo. Primero es pequeño en la distancia. Pero corre, se acerca. Diego siente que es como una caricatura. El perro es un tren que suelta humo blanco y él está atado a los rieles invisibles con maleza. Correrá sobre él.
No es humo blanco, es espuma. El perro no rueda, corre. Y su locomotora tiene colmillos brillantes. Diego se asusta, se para de un salto, coge el machete. No se fija en lo que hace. Danza con el aire pesado. Piensa todavía en las nubes. Algo choca con el machete. Escucha
chillidos, como los frenazos del tren. El calor aumenta. Siente un dolor húmedo, la danza se hace más intensa. Y para. Se hace el silencio, el tren se ha descarrilado.
Diego está sentado en la hierba verde y parda, manchada de rojo, adornada con vísceras de perro rabioso. El machete reposa a su lado, opaco y pesado. Diego no piensa en nada en especial. Algunas veces siente un poco de miedo, imágenes del perro-tren revolotean en su memoria. Pero lo que acapara su atención son las nubes, blancas, suaves, algodonosas. Diego siente ganas de dormir.

martes, septiembre 07, 2010

El Hombre Marlboro y sus sueños abortados.

Sonrió al verla dormir, removiendo las sábanas con su trasero de un lado a otro. Encendió el cigarrillo, y lo puso en sus labios mientras su sonrisa se transformaba en una mueca de asco.
-Perra.
Bajó al garaje y buscó el tarro de gasolina. El cigarrillo le llenaba la mente de evidencias repugnantes, piezas de ropa interior manchadas de sangre, cartas con estampillas robadas y tragos de champaña que se echaron a perder. No encontraba el tarro. Se sentó el banquito cojo y cubierto de polvo a gastar su cigarrillo y a deleitarse con su suicidio lento.
-Sos mi cáncer, te respiro e inflamás mis pulmones. Tus fragancias, tus fluidos hacen mutar mis genes, me transforman lentamente en un ser que nunca fui. Lleno de tumores tuyos que hacen metástasis, que me presionan el cerebro, que me pudren por dentro.
Soltó una bocanada de humo que flotó enredándose en figuras proféticas, en partículas venenosas.
-Que me invadás te lo perdono. Que me matés te lo perdono. Que me atés a tu cama blanca como una camilla de hospital, que conectés mi sangre a tus máquinas sagradas... ¡Te lo perdono!- Tiró el cigarrillo y lo aplastó con su suela, sus dientes amarillos soltando los últimos vapores de tabaco. Apretó sus nudillos, divisó el tarro de gasolina en una caja frente a él. -Lo que no te perdono... lo que no te perdono... es que seás una epidemia.
Dejó caer la gasolina en chorritos terapéuticos por cada habitación, mientras sentía que su cabello negro caía a mechones y las náuseas lo retorcían. Trazó dibujos con la gasolina, plasmó los vapores del cigarrillo en charcos pegajosos que daban visos con la luz. Bailó con el tarro una enferma danza moribunda, y ella, en su blanca cama, seguía moviendo su trasero de un lado para otro en sueños epidémicos y adúlteros. Él, el psicópata-novio-idiota de turno-oncólogo, raspó fósforos contra su cajita bailando entre arcadas hacia la puerta de entrada. Y los lanzó.

Se alejó de la casa en llamas, con su cabello creciéndole de nuevo como una selva. Encendió el último cigarrillo de la cajetilla y aspiró su humo dulce. La presión en su cabeza despareció en cuestión de segundos.
Se quitó el cigarrillo de la boca, lo miró. Quitándoselo de sus labios sonrió como nunca lo había hecho. Sin haberlo terminado, lo lanzó al suelo y lo aplastó con la suela.

lunes, febrero 01, 2010

Superman

Superman lee Sobre Héroes y Tumbas.
Superman tiembla.
Superman piensa en decidir su destino con una moneda.
Superman le teme a las sillas de ruedas.
Superman canta en la ducha.
La barra de jabón se rompe entre sus manos;
justo como la taza de café, como las gafas de marco grueso.
La kriptonita no es sólo verde.
En un día gris, Superman muere.
En su nombre construyen un puente.

Un hombre llamado Ignacio es ignorado por el gobierno.
Se vuelve terrorista, construye armamento casero.
Planta bombas en las columnas del puente.
Les pone tiempo, él es paciente.
Mira las aguas turbias corriendo bajo sus pies.
Mira el cielo en busca de un hombre volador.
Ignacio cae al agua, no sabe nadar,
nadie viene a salvarlo.
Otros cuarenta caen con él,
Superman ha muerto por segunda vez.

En un día gris, Ignacio muere.
En su nombre no construyen nada.
Por los supervillanos lágrimas no se derraman.

lunes, diciembre 28, 2009

En la horca lo que te mata es la ruptura del cuello, no la asfixia

No sé si usted ha tenido la sensación de conocer a su némesis. Esa persona que sólo le da dos opciones: O que usted acabe con ella o que ella acabe con usted. Esa persona que usted mira a los ojos y ve en ellos todo lo que usted ha vivido para temer y odiar. Sin embargo, usted está consciente de que en realidad esos ojos también son los suyos. En el fondo usted admite que no está viendo un enemigo, está viendo lo que por razones oscuras y decisiones propias usted no llegó a ser. Se está viendo a usted mismo plasmado en un mundo que escapa a su mente.
Esa persona, sí, intrigante, repulsiva, atrayente, maldita. Va a traer desdichas a su vida. Vive para destruir lo que usted desea construir. Por sus sueños, por sus ideales, ¿Por qué no destruirla? O al menos ir a un sitio lejos, muy lejos de ella. Ah, pero la fascinación permanece, ¿No es así?
Aunque la odia, aunque la aborrece, hay un vínculo que no puede cortar. Las esencias son iguales. Tal vez usted decida ser prudente y cuerdo, una persona normal, y caminar en la dirección contraria. O tal vez elija ese demoníaco atractivo que no puede evitar. Él, ella, tiene muchas más cosas en común con usted de las que podría imaginarse. No sería extraño que se convirtiera en su mejor amigo, o en su amante.
¿Cree que después de todo lo que he dicho podrá salir bien parado de esa relación? Porque usted va a arrastrarse por lugares dentro de su alma que desconoce completamente. Lugares sórdidos, lugares iluminados, lugares a los que solo puede hacerlo llegar alguien que nunca podría ser como usted. Nunca podrán a volver a ser los mismos, ni usted ni su némesis. Desde el momento en que ninguno de los dos huyó del otro, la destrucción mutua quedó asegurada. Ha sido desde el principio una partida de ajedrez, una bastante cruel.
El odio llegará porque siempre ha estado ahí.
Es una criatura repulsiva, no se parece a usted. Nunca podrá. Es un peligro. Lo amará, lo odiará y sólo Satán sabe hasta dónde llegará esto.
Están hechos para herirse.
Lo odia, no lo odia. ¿Lo odia? Sí, lo odia.
Retroceder es imposible.
Todos los caminos llevan al infierno.
Bang! Lo odia. Bang! Mátelo.
Siéntese solo con la pistola ardiendo, con los restos de pólvora en la manga de la camisa. Usted es apenas esa otra posibilidad de todos los demás, lo que ellos podrían ser bajo otras circunstancias. El juez va a sentenciarlo, tras mirar dentro de sus ojos (Ojos asesinos, ¿Son distintos a los otros?). Probablemente vea la verdad. Quién sabe, tal vez se encuentre a sí mismo siendo el criminal. No lo dirá y no lo exonerará, el juez no es tonto.
Mírese usted a los ojos. ¿Desde cuándo es un asesino, un despojo humano? ¿Siempre lo fue? Culpa de su padre, dice su madre. Culpa del ácido, dice su padre. Culpa del trastorno paranoide, dice el loquero.
Mire los ojos fijos e inertes de su némesis. Es tan parecido al suicidio lo que usted ha hecho…
Mire a la muerte lamiendo los cadáveres en el patíbulo. Mírela riéndose de usted. Mire una y otra vez los pecados de su némesis.
Míreme y dígame quién está loco. ¿El mundo o yo? Míreme cuando me pasen la cuerda al cuello y dígame que hay algo en usted que lo detiene de ser yo; o de ser ella, mi víctima.
Trate de jurarlo, trate de no bajar la vista. Trate, trate y trate, pero no puede evitar SER como yo.

viernes, mayo 29, 2009

El verbo "Caer" era el escogido para el título, hasta que la inspiración del cuento llegó al fondo.

"Su inocencia es precisamente la clave de todo el odio que me causa.
No... no es como si fuera una causa para llorar, no llore, no me gusta verle llorar.
Cómo podría decírselo sin que me malinterprete?
Usted es una buena persona. Es tan buena persona que es malo. Todo extremo es pernicioso, debe usted saber. Yo no quiero que usted sea una mala persona, que se corrompa, sería un crimen hacerle eso; no sólo un crimen contra usted, un crimen contra todo lo bueno y puro en que la gente cree todavía. Yo quiero que usted no sufra más. Yo quiero que usted deje de recordarme esta cicatriz que tengo aquí, que deje de dañar mi imagen del mundo con su... su pureza.
Yo sé que usted no es feliz. Que la gente no entiende que usted no es un fenómeno, que usted es especial. Usted ni siquiera sabe lo especial que es. Sufre mucho porque quiere al mundo y quiere hacerlo un lugar mejor. Y teme no lograrlo.
Lo peor de todo es saber lo cerca que usted ha estado de la más plena maldad del ser humano. De gente que es incluso peor que yo. Aún así usted, usted, no alberga ni siquiera una gota de ira. No podría disparar un arma, ni siquiera si todo lo que usted amara dependiera de eso.
Mi temor es que cada vez le veo apretar más los dientes para hablar, confundirse más, perderse más en el mundo. Que yo la guiara sería su ruina. No puedo permitirme arruinarla. No puedo permitirle ser como nosotros. No puedo permitirle caer.
El mundo es un lugar muy feo para usted.
Es usted un ángel.
Le juro que-que... lo si-siento... no llore, no llore más...
Va a volver al cielo... va a volver al cielo, a ese paraíso que ha creado...


Y yo al infierno. Supongo que no está tan mal... perdoneme.

viernes, junio 27, 2008

Antifábula fría (I)

And they say that a hero could save us.
I'm not gonna stand here and wait.
I'll hold on to the wings of the eagles
Watch as we all fly away.

Siempre he querido ser el héroe. Nunca el monstruo. Un día yo los salvaría a todos, acabaría con la maldad que caía como un murciélago sobre la tierra. Un día, descubriría algo que me haría más poderoso que todos los demás.
Pero me temo... me temo que hace tiempo que soy un maldito monstruo.
Yo... leía novelas. Siempre leía novelas y yo era Aragorn, era Tom Sawyer, era la reencarnación de Apolo y mucho más. Sabía que yo era tanto, que algún día alguien tocaría esa enorme puerta metálica para decirme que yo era el Elegido. ¿Por qué nadie podía creerme?
No era tanto un problema de fe como uno de escucha. Podría haber ganado la mención de honor o prendídole fuego al perro, era la misma cosa que tratar de ganarme el afecto de las lámparas. Incluyendo ciertamente el hecho de que no podía tener perros y de que habría sido más fácil encender un fuego en Alaska que en esa casa.
A mí me habría gustado Alaska. Hay alces, osos y lobos. Lobos, como en Colmillo Blanco. Cómo deseaba ser un lobo... Si yo hubiera nacido lobo, nadie me habría encerrado en una casa. Hasta podría haberme comido a la iguana (No hay iguanas en Alaska, pero yo creo que podría comerla de todas maneras) y todos me respetarían.
Si usted decide tener hijos, recuerde, nunca, pero NUNCA, deje a un niño pequeño solo en una casa demasiado blanca, fría, grande y para colmo vacía. Los niños tienen cuerpos blandos y un poco porosos, casi como una esponja, y pueden helarse por dentro. Puede helarse su corazón o su cerebro, y usted puede acabar con un hijo insensible o idiota, o las dos a la vez. Tampoco compre iguanas para compensar lo anterior. No sólo es inútil, sino que las iguanas sienten un profundo asco hacia los niños pequeños. Esto es porque los niños no son verdes ni alargados ni tienen sangre fría, y las iguanas nunca, pero NUNCA cambian de opinión.
Me congelé. Mi sangre se convirtió en frappé y mis ojos en vidrio escarchado. Adquirí la capacidad de enfriar cualquier cosa, desde emociones hasta salones de baile. Mis capacidades intelectuales no se congelaron.
Caí sobre cada gota de calidez como el sediento murciélago vampiro sobre la dulce sangre del herido. La llanura antártica en plena América tropical, eso era mi piel, mi casa...
No crea usted que yo era un demonio. Ahora soy un demonio, en ese entonces era sólo un humano gélido, como Kai en "La Reina de las Nieves". Y contra toda suposición, era más feliz que cualquier hombre cálido... No amaba a nadie, no necesitaba el amor de nadie y tenía todo lo que alguna vez podría desear. Y me parecía más a un lobo que antes.
Lo único era que todos me odiaban. Es decir, me odiaban desde que nací, pero no tanto. No pensaba que eso fuera un inconveniente, sólo una consecuencia. Una consecuencia inútil en mi mundo de útil/inútil, agradable/desagradable.
Un día no tan invernal, hablé con alguien. Alguien en base antipática, con intenciones de matar a todos sus captores y tener un observatorio astronómico. A mí me parecía alguien muy agradable. Jamás le dio frío cuando yo hablaba.
Nunca sufren de fríos quienes miran las estrellas. Ni en mi casa. Ni en un cuarto estrecho con ventanas enrejadas. También yo empecé a mirar el cielo, cuando ella estaba de humor suficiente para pasarme su telescopio. Creo que nunca había visto el cielo nocturno antes. Demasiado fuego para grises iris de hielo. Luego lo seguí mirando, porque los cuerpos celestes están tan lejos que tendría que mirar años para que mi corazón se convirtiera en un charco. Ella me lo explicó.
A pesar de eso, hubo algo que cambió en mí, en materia de temperatura y otros aspectos. Un retroceso en mi propia glaciación. Y así menguara mis capacidades congeladoras y causara escozor en las arterias, no me quejé. Era casi positivo.
Pasé tanto tiempo leyendo estrellas, entregando y recibiendo diversos objetos entre barrotes decorados y escuchando planes de escape-homicidio múltiple, que olvidé hacerles la vida amarga a los otros de la casa. En especial a la viscosa iguana sin nombre. Era mi cometido molestarla, encerrarla, tratar de hacerla sopa exótica hasta que purgara todo lo que me hizo en mi infancia.
¿Por qué diablos no se murió ese animal? Es un reptil de selva húmeda tropical, habría debido necesitar calor diario para sobrevivir. Pero no, se las arreglaba para existir y fastidiar en uno de los ambientes más helados posibles en esta ciudad. ¡Debería haber muerto víctima de alguno de mis experimentos gastronómicos! Y ni siquiera eso... A veces me pregunto si realmente era una simple, escurridiza y odiosa iguana o había algo más en su naturaleza.
También estaban los otros humanos de la casa. Yo no les era útil y les habría encantado deshacerme de mí. Excúseme, no hablo con la necesaria precisión. Se morían de ganas de deshacerse de cualquiera que no fuese ellos mismos. O de partes suyas que no eran útiles. En síntesis, eran como yo completamente congelado, excepto por la hipocresía, la codicia, la soberbia y la idiotez. Después de tanto tiempo sigo sin saber que querían. ¿Dinero, salud, estabilidad, dolor ajeno? Lograban lo último, pero nunca vi (hasta el día que estaba por llegar) que lo disfrutaran de verdad. Completos imbéciles.
Al olvidar irresponsablemente mi misión hacia estas criaturas, eché a perder mi propio objetivo. Que el mundo me dejara en paz y en segundo lugar, que alguien me considerara un héroe. Eso era todo. Vana ilusión de todas maneras.
Los otros y la iguana habían hallado la manera de suspender hostilidades y aliarse para acabar conmigo. Bueno, me odiaban, algún día tendrían que hacerlo. Pero seguía siendo mi culpa por dejarlos. No podían herirme, asustarme, humillarme, aislarme, perturbarme ni ninguna otra cosa. Sin embargo, en el desorden de sus mentes (Muy probablemente en la de la iguana) surgió un método. Uno de esos métodos tan simples, baratos y efectivos que nadie haría una película sobre eso. Tan pero tan simple... Engañar a los vecinos, secuestrar una muchacha y aplicar un poco de la vieja violencia. ¿Qué podría salir mal?
Todo les habría salido mal, si yo no hubiera actuado como un tonto. Si yo hubiera vigilado sus pasos, si yo hubiera evitado sus reuniones, si yo le hubiera avisado, si yo hubiera ido a verla antes.
Si yo hubiera. Nadie sabe lo que habría pasado si yo hubiera hecho algo, pero pasase lo que pasase, tendría el consuelo de haberlo hecho.
No pensé nada cuando metí las llaves en la cerradura, cuando empujé la gran puerta metálica sin esperar más que silencio como recepción. Pensé algo cuando al caminar sobre la fría baldosa escuché algo sin precedentes. Mi nombre pronunciado en voz alta por la voz dulzona de una mujer adulta. Me inquieté cuando lo repitió. Me dieron escalofríos cuando otras voces también me llamaron. Corrí escaleras arriba, esquivando milagrosamente muebles y vidrieras. Sus voces provenían del salón del tercer piso, donde finalmente entré.
El salón del tercer piso no era blanco como el resto de la casa. Era rojo ladrillo y generalmente la única decoración era un colchón a cuadros tirado en el piso y una mesa ruñida. Y allí estaban todos, radiantes, con sus mejores trajes y sus mejores sonrisas, tan cariñosos que pensé que iba a vomitar. No intuí inmediatamente lo que tramaban, pero... era un asco.
Una mujer joven, de pelo corto a la moda que enmarcaba su rostro pecoso de ojos amarillos, mostró sus dientes relucientes y preguntó suavemente:
-¿Sabes qué hacemos aquí?
-No me digas, ¿Una obra benéfica?
-Podría decirse-Se rió como modelo de comercial- Llamemos a esto tu hora de independizarte de casa, hermanito.
No era normal la forma en que lo estaba diciendo. Esta vez iba en serio.
-Muéstrenme qué tienen atrás- Ordené señalando algo puesto sobre la mesa ruñida.
-Como tú desees.- Se rieron con sonoridad.
Casi pierdo el sentido cuando vi que era ella, y la forma en que la cogía mi hermana, como una muñeca de trapo muy grande.
-Párate sola- Y la empujó hacia adelante.
No me miró. Se quedó mirando el piso rojizo, mascullando algo. Le corría sangre por el rostro. Quedé... no existe una sola palabra en ningún idioma que pueda describir adecuadamente mi reacción. Era como si me hubieran dado una golpiza y como si a la vez me estuviera derritiendo.
Mi siguiente reacción fue ir hacia ella. Pero los dos hombres me cerraron el paso y me tiraron hacia la pared. Caí al suelo, débil, mientras vi que ella me dedicaba una larga mirada furibunda y Helena (Mi hermana) la llevaba atrás.
El pulcro y siempre bien vestido Lorenzo me encadenó mientras yo miraba mareado la actuación que fraguaba mi familia, los otros. La ataron a algo, una especie de cruz, aunque con más aspecto de antena de TV. Helena extendió en la mesa los múltiples instrumentos de tortura para luego decirme:
-Al comienzo pensamos que lo mejor sería tu muerte. Pero no sólo esto es más divertido, sino que nos asegura tener el camino libre de indeseables sin derramar la sangre de nuestro linaje-Soltó una risita siniestra- Disfruta.
Le escupí. Se rieron más.
Helena tomó una navaja especialmente afilada y comenzó la función.
No voy a describir la tortura. No es por miedo, por recato (que no tengo mucho) ni por asco. Es que es demasiado doloroso, demasiado inútil y demasiado innecesario. Sepa usted que hubo mucha sangre, muchos alaridos y muchas carcajadas. Si quiere saber más, hay toda una sección de películas gore que están esperándole en algún alquiladero o tienda de películas. Yo estaba semi inconsciente en algunos ratos, histérico en otros. Deseé la muerte con todas mis fuerzas.
Pero no morí. Ni siquiera me desmayé totalmente. Tampoco era capaz de hacer nada. Mi estado era completamente vergonzoso y tan hilarante para mis familiares que los impulsaba a ser más y más crueles.
Cuando cayó al suelo, tras haber sido cortadas las cuerdas que la ataban a la cruz, cuando no emitió ningún sonido tras el golpe de su caída, no pude más. Me ardían las entrañas como si fuera un volcán a punto de entrar en erupción.
Y... fuego. Lo único que logro recordar con precisión, el color de las llamas. No sé exactamente como me deshice de las cadenas, como pude levantarme y tomar las antorchas para acabar con sus repulsivas vidas. El caso es que lo hice, y en un breve periodo de tiempo sus caros y combustibles trajes ya estaban incendiándose. No sé si gritaron. No sé si pidieron ayuda o se revolcaron por el piso. Yo sólo quería verlos morir, quería ver la casa blanca inmaculada en cenizas oscuras. Quería morir ahí también, terminar con todo.
Entre el incendio y los cadáveres calcinados, me recosté en el piso. Estaba tan cansado... y el calor me adormilaba aún más. Me quedé dormido en el suelo por primera vez cálido... soñé con estrellas lejanas, con galaxias situadas en el otro horizonte del universo. Ya nada podría quemarme, mis manos ya no eran gélidas y nunca más...
Con una brisa suave y fresca, me desperté. Tardé un poco en darme cuenta de que no estaba en el más allá, si no en uno de los pocos trozos intactos de las ruinas que me rodeaban. Tal vez me habría alegrado, si el incendio hubiese ocurrido en otro tiempo... en otras circunstancias...
¡Y ella! Su cuerpo... ¿Dónde estaba su cuerpo? Pasé todo el día corriendo entre montones de ceniza, desenterrando miembros y muebles destruidos, tratando de no ser aplastado por escombros que caían. Lo busqué tanto como pude, sin tomarme un respiro. Pero ningún trozo de tela quemado era suyo, ningún cadáver tenía su rostro. Desistí cuando la luz naranja del crepúsculo se coló por el marco de la ventana, y supe que nunca volvería a verla...
Me alejé de las ruinas, sin más rumbo que el que decidiera el destino. Sólo me volví una vez hacia la casa, hacia las oscuras ruinas donde me pareció ver un escurridizo destello verde...
Y sin pensar en nada más, me encaminé hacia otra galaxia, otro mundo, otra calle, otro sitio con tierra y cielo, sin esperar más que silencio como austera recepción.








martes, mayo 27, 2008

Hemorragia

[Un escritico insano escrito con el propósito de ser un poquito distinto a lo normal de mis cosas, y que a pesar de su fórmula preconcebida, a la gente le agrada]

(Y si su corazón permanecía ahí, contrayéndose dolorosamente...¿Fue remplazado?)

No me atrevo a mirar. Hace poco que él sangraba, sangraba sobre mis manos que temblaban, que temblaban como su mandíbula que trituraba mi lengua bífida. Y la sangre brotaba a ríos de mi boca, mezclándose con la otra y dando lugar a un coctel sangriento servido en forma de charco. Oh, no puedo decir que no fuera sabroso.
Su pecho sangraba en el punto donde yo había escarbado con mis uñas buscando un músculo palpitante para desgarrarlo con mis colmillos, aplastarlo con la punta de mi zapato y saborearlo inmersa en la contemplación de su sufrimiento. Sólo cuando las yemas de mis dedos se cortaron con los bordes esquinosos de una roca el dolor me hizo recordar que lentamente, con la respiración entrecortada, se iban las razones que tenían para destrozarlo.
Traté de usar mi pecho para contener su hemorragia, aunque las gotitas carmesí ya pintaban el inmaculado mármol. No tuvo resultado y él usó su mano, suavemente, como una daga, para cercenar mi garganta. Acaso lo abracé más fuerte, para rasgar la piel de su espalda.
Fueron navajas uñas y colmillos y néctar venenoso la sangre que combinaba maravillosamente con la pintura de las paredes. Temblorosa, no me atreví a mirar porque ya sólo veía borrones. Nada más que rojo... rojo...
Mientras los últimos alientos se nos escurrían por las heridas, supimos que nada había importado, que qué podían ser el infierno o el paraíso comparados con aquel derramamiento de sangre...


---Fin de la transmisión---


miércoles, mayo 14, 2008

288

Le enseño con secreta devoción y profundo dolor qué es la venganza. Le enseño a causar el armageddon de sus antes victimarios, a provocar infinitas penurias sin ser siquiera visto. Soy su maestra de artes oscuras, le muestro la necromancia y los tipos de venenos. Oh, el deseo de su alma será ahora consumado en ruina y desesperación para aquellos que lo llevaron y marchitaron sus rosas. Lo que pasa es que me duele, me duelen las hemorragias internas que resurgen cada medianoche. Podría decirse que soy otra víctima, que en el fondo sufro por la ira de aquel que una vez amó... y amé. Aunque duela, esta vez no tomaré sus almas. Que él se encargue. Vivirá más que yo. Se vengará sobre mi sepulcro y caerá al suelo igual que una hoja seca. Luego de que pasen las tinieblas, su muerte será sólo una gota de dolor en la tormenta. Sé que él desconoce quién soy, o quién es él en realidad. He tratado de advertirle, mas no logro soportar sus ojos, esa forma de mirar. Y él ignora, que de las 333 personas que han golpeado su puerta, 288 tienen mi rostro.

sábado, abril 19, 2008

jueves, marzo 13, 2008

Escenarios abismales.



Las botas pisotean los charcos, el maquillaje corre por las mejillas. Lágrimas o gotas de lluvia, no importa, al final unas se perderán en las otras. Al final yo me perderé en algo que no es una calle de Prado... No hay nada que me espere ya...

-No llores ahora, no tienes de que quejarte. Tú iniciaste el fuego, tú te alejaste de tu única salvación. Tú le diste razones, mentiras, para que te odiara, y era el papel perfecto para ti. ¡Eres una actriz nata, querida!

¡La máscara ha caído! El teatro está ahora en cenizas y el drama finalmente concluyó. Acordamos que todo se haría con la mayor limpieza y discreción. Todos escapan ahora con sus sombrillas negras, como procesión de funeral. Quizá así sea... ¿Cómo pasamos de ser tan mágicos y etéreos a ser estos verdugos nocturnos?

-
No hay ninguna lealtad entre ustedes, aunque se llamen compañeros, o incluso amigos. El odio se ha esparcido como la peste. El veneno se escurre entre los gestos, los parlamentos y cae como escarcha del mismo telón. Puedo olerlo ahora mismo. Tú no tienes amigos, eres la niñera de una pandilla de psicóticos...

No necesito ninguna máscara esta noche. Nunca he tenido una identidad para ocultar, aunque me hallan llamado de tantas formas. ¡Bella bailarina! ¡Impresionante intérprete! ¡Ágil artista!
Aquí afuera existía para unos pocos... unos que ya no existen ni siquiera para mí.

-
Es tiempo de aceptar que tú acabaste con todos. También contigo misma, te enterraste...

Infortunio. Siendo arrastrada por el destino, la única opción era destruirlo todo. Ya que el teatro no existe más, las cosas son diferentes.

-
Menos de lo que tú crees. No puedes justificar tu maligna arrogancia como parte del destino. Tú has maquinado esto, y ahora te resignas ante tu propia destrucción. Pero nunca vas a poder recuperarlo, nunca vas a poder encontrarlo, jamás...

Yo... creo que... deberías callar y aprender.

...
jamás podr´-

La katana resultó ser un arma mucho más limpia que el fuego.


martes, marzo 04, 2008

Pulso

...En la escena más importante de la película, la música y los sonidos se desvanecen, resumiéndose toda la inquietud y miedo del momento en unos latidos de corazón...Pum-pum, pum-pum; y el protagonista cae al suelo, con la sangre de color rojo brillante (real o imaginario, según la década de la filmación) manchando la camisa impecable. El condoliente de turno llora amargamente sobre el cadáver como si sus lágrimas fueran el elixir de la resurrección. Pero el llanto no aviva el corazón del muerto, si no que hace resonar los latidos del condoliente por toda la escena.
El pulso se acelera y el Director grita "¡Corten!".
Acaso no sea la escena anterior la de los latidos inquietantes. Tal vez los latidos le pertenezcan a una bomba a punto de estallar en una casa del desierto. 00:05, 00:04.... el futuro fallecido trata de escapar de los latidos que no dejan que sus gritos sean oídos. 00:01, 00:00 ¡
BANG! La casa sale volando por los aires, mientras que el macabro corazón imaginario se detiene y la evidencia queda lista para unos cuantos investigadores aguerridos.
El pulso no vuelve y el Director grita "¡Corten!".
Un pitido
inconcluso resuena en mis oídos. El pánico me asola y busco el cuello más cercano para comprobar que las venas aún se dilatan y contraen...
¡Director, Director! ¡Corte la escena en este mismo momento! ¡Por favor!....


martes, febrero 26, 2008

Luces...

(Más gente psicótica.)

No podía quedarme en un solo punto. Empecé a discutir con mi relejo, que me lanzaba todo tipo de improperios desde la vidriera del balcón. La discusión había comenzado cuando él (mi reflejo) y yo tratábamos de aclarar como haríamos para continuar existiendo sin acabar en un manicomio, porque aún no he podido convencer a nadie de la inteligencia propia de lo que suele llamarse "reflejo humano".
Me cansé del molesto discursito de mi reflejo y lo callé de una vez abriendo la vidriera.
Salí al pequeño balcón y me sentí abrumado por ese infierno de luces y torres altísimas, de movimientos irreales que hicieron que me sintiera mareado. Me aferré a la fría baranda y me concentré en el vacío. Allí sólo había sombras, nada de luces, nada de música estridente. Tal vacío me resultaba muy parecido a la mirada de cierta persona cercana... A propósito, Ángela... ¿Iría a visitarme? Muy posiblemente. ¿Me llevaría hacia las luces o hacia el manicomio? No lo sabía, pero en todo caso no sería capaz de dejarme en paz.
Pensando en qué hacer me percaté del increíble atractivo que tenía ese espacio vacío. Le temo un poco a las alturas, pero el brillo de las luces se estaba volviendo insoportable. A pesar de todo, me pregunté:
-¿Bastarán trece pisos para matarme de una vez?
-Idiota, ¿Cómo no va a alcanzarte?- Me preguntó mi reflejo, que me estaba dando la espalda.
Entonces le dijo:-Obviamente, el trece es un número de mala suerte que causa que las cosas salgan al revés, por lo tanto, si me tiro, lo más probable es que quede vivo pero cuadrapléjico.
El cínico de mi reflejo respondió:-Lo que a mi me deprime es ser a imagen y semejanza de este miserable imbécil supersticioso.-Siguió dándome la espalda, por supuesto.
Pensé en subir hasta la azotea, pero debía subir sin ser visto por los vecinos, además no disponía de mucho tiempo antes de la llegada de Ángela. Me resigné a caer del piso # 13 y me dispuse a entregarme a la fría oscuridad que se extendía justo bajo el balcón.
Mientras estaba a punto de hacer esto, oí unos pasos lejanos. De repente las luces se apagaron.Di media vuelta. La oscuridad había invadido también el apartamento, y mi reflejo se perdió de vista. Me paralicé, no supe como reaccionar; así que decidí esperar a que aquel inesperado visitante revelara sus intenciones.
Una única luz se encendió. Mi reflejo regresó a la vidriera, mirándome aterrorizado. En ese momento recordé que tenía que preocuparme de el intruso. Miré hacia el interior del apartamento... y supe quién era, qué iba a hacer, y lo más importante, que ya no me quedaba nada por hacer.
Levantó hacia mí el objeto que traía en su mano. No cerré los ojos, quería ver lo que sucedería. Un único estruendo, no esperaba más. Mi reflejo recibió el golpe por la espalda, destruyéndose, reduciéndose a múltiples trozos de cristal que volaron hacia mí. Esa fue su muerte definitiva, su desaparición completa de la realidad.
Y ahora llegaba mi turno, más digno, pues sería de frente, con la mirada fija en el ejecutor. El dolor no dominó el momento, me sumergió en un sopor indefinible, que nunca podré explicar. Los sonidos se debilitaron lentamente, las luces se desvanecieron. Finalmente, la oscuridad se apoderó de mi cuerpo, de mi alma, y mis pies dejaron de tocar suelo. Mi cuerpo flotó, flotó hacia el vacío.
La consciencia que me quedaba se apagó como una vela solitaria, como la última luz entre una fría tempestad.