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jueves, abril 19, 2012

El perro

La hierba es alta, la maleza abunda. Las hormigas son rojas y negras. Cargan al mundo. Las nubes son cúmulos. Los cedros florecen, las ceibas tienen espinas de la mitad del tronco para arriba. El calor no es seco. Las montañas son pardas, las carreteras las cortan. La única emisora que suena en la radio sigue siendo Radio Uno. La sensación es de infinitud, de suspensión en un calor sin final, de viento que arrastra y lo único que existe son esos bosques pardos entre quebradas y colinas.
La cabeza de Diego se mece con el viento, sus manos reposan en la tierra. Es un poco más él que de costumbre. Lleva el pelo castaño más corto de lo
acostumbrado, está delgado y si hablara su voz no tendría afectación. Su padre se ha ido. Está solo en el prado. Un machete reposa a su lado, cálido y refulgente como todo en ese mediodía. Diego no piensa en nada en especial. A ratos suenan en su cabeza palabras como mamá, papá, ella. Pero no tienen importancia, no más que los cúmulos en el cielo, que pasan de islas a dragones y de dragones a sirenas y de sirenas a…
Un ruido ha roto la calma. Los ladridos de un perro. Diego lo busca con la mirada. Ni siquiera se lo imagina como un perro. Lo ve como una figura más del paisaje, un cedro parlante, una nube que cobró vida. El perro se hace más tangible. Es un
chucho de raza criolla, amarillento, con rayas de tigre en el lomo. Primero es pequeño en la distancia. Pero corre, se acerca. Diego siente que es como una caricatura. El perro es un tren que suelta humo blanco y él está atado a los rieles invisibles con maleza. Correrá sobre él.
No es humo blanco, es espuma. El perro no rueda, corre. Y su locomotora tiene colmillos brillantes. Diego se asusta, se para de un salto, coge el machete. No se fija en lo que hace. Danza con el aire pesado. Piensa todavía en las nubes. Algo choca con el machete. Escucha
chillidos, como los frenazos del tren. El calor aumenta. Siente un dolor húmedo, la danza se hace más intensa. Y para. Se hace el silencio, el tren se ha descarrilado.
Diego está sentado en la hierba verde y parda, manchada de rojo, adornada con vísceras de perro rabioso. El machete reposa a su lado, opaco y pesado. Diego no piensa en nada en especial. Algunas veces siente un poco de miedo, imágenes del perro-tren revolotean en su memoria. Pero lo que acapara su atención son las nubes, blancas, suaves, algodonosas. Diego siente ganas de dormir.

domingo, mayo 15, 2011

La Caída

(Uno muy cortito, mientras me desocupo)

El suicida, contemplando las alturas desde el borde de un rascacielos, cedió en sus intenciones de quitarse la vida, las lanzó todas a un lado.
El edificio que lo sostenía, abrumado por el peso de sus intenciones, colapsó desde sus cimientos.

miércoles, septiembre 29, 2010

Alicia Trasatlántica

Cuando vio a aquel correr por el prado, supo que era aquel que se había ido. No lo recordaba, pero una corazonada surgía dentro de ella. Decidió seguirlo, contra todo sentido lógico, contra toda recomendación. Nadie la vio salir, nadie la vio irse, aunque todos estaban aún allí.
Corrió tras él por el pasto reseco, bajo los laureles inmensos y lo vio entrar por una puerta carcomida por la humedad y el comején, a medio tapar por el pasto crecido. Corrió tras él después de la puerta, corrió tras él por una escalerilla de madera y bordeó los muros impregnados de cal.
Y él, como nunca hizo el conejo blanco, se detuvo a esperarla al lado de las tuberías brillantes. Ella se detuvo frente a él y lo recordó. No era así como lo veía en sus sueños, pero no cabía duda de que era él.
Era aquel que se había ido.
-¿S?
-Sí.
-¿Por qué?
-Quise volver.
-No entiendo...
-Te tengo que mostrar algo.
-¡Nada!¡Ni se te ocurra mostrarme nada!
Se tapó los oídos, escuchando en su cabeza las mentiras de la última vez. Aquel partió en una mañana de febrero y no supo dar las despedidas. Aquel dijo todos esas cosas que dicen los protagonistas de las novelas, pero fueron menos que tinta en un papel. Fueron un montón de palabras lanzadas al viento mientras se está de espaldas, un montón de etcéteras y de postales trasatlánticas. No significaron nada. Y ella, recordando esto, huyó con las manos entre los cabellos.
Sabiendo que debía hacerlo, él corrió tras ella. Corrió por el sótano poco iluminado y la alcanzó en la única esquina en que la luz dejaba ver claramente. La acorraló con sus brazos, sonrió.
Ella deseó al cerrar sus ojos tener carácter por una sola vez. Quiso apagar la voz de su cabeza que resonaba desde esos días antiguos, esos días oscuros como serpientes negras reptando fuera de la niebla, serpientes que un día fueron abrazadas, otro desechadas, y nunca nadie debería volver a tenderles la mano.
Él quiso besarla. La determinación furiosa del rostro de ella sólo incrementaba la tentación. Se acercó más a ella.
-Acompáñame a mi cuarto, deja que te muestre lo que he creado.
-No.
La besó sin importar su respuesta.
Entonces ella supo que ya era muy tarde. Otra portezuela se abrió con lentitud y él, tomándola de la mano, la condujo a través del umbral.
La realidad moría poco a poco.
Subieron por un túnel colorido, con tiestos de colores colgados a lo largo de unas ventanas rotas que no daban a ninguna parte. Emergieron en un balcón asombrosamente similar a aquella torre piramidal en que se conocieron en un día lejano. Pero los recuerdos ya no impresionaban, fluían.
El cuarto de S se hallaba sólo unos pasos más adelante. Más tiestos se balanceaban en el balcón, bolas de brezo rodaban por el suelo en todas direcciones y algunos azulejos ocre señalaban el pequeño agujero que servía de entrada al cuarto.
El agujero posiblemente servía para un gato o una comadreja, pero no para un ser humano. S. se introdujo a través del agujero, y por alguna razón incomprensible, entró.
-Nada es como parece.
Ella se deslizó por aquel hueco, como si este se anchara o ella se encogiera. Entró al cuarto azul pálido, que estaba ocupado por una cama absurdamente alta, algo tapado con una manta, cuadros de lagos y conejos y un nochero. En el nochero había un bonsái de cristal, cuyas hojas al caer llenaban el cuarto de esquirlas refulgentes.
S. sacudió el árbol, feliz al observar como las últimas hojas caían y se rompían.
-Eso es importante, pero no es lo que voy a mostrarte.
S. retiró la manta. Bajo la manta había un espejo que en vez de reflejar el cuarto mostraba...
-¿Oxford?
-Sí, Oxford.
Ella se echó a reír, buscando en su bolsillo alguna de esas tantas postales trasatlánticas.

Pero todo esto, por supuesto, no fue lo que en realidad sucedió ese día.

viernes, abril 23, 2010

Cuento para irse a dormir.

Busco encontrarme con gente desconocida en lugares conocidos. No espero entender a nadie, he comprendido que no debo desgastarme por ello. Ya no soy tan consciente de mi anormalidad. Sólo cuando estoy sola, afuera, mirando. Pensando en qué piensa la gente y sabiendo que nunca podré saber si les inquietan las mismas cosas que a mí. Pensando en la estupidez que aparentan, y como ya no me molesta. Quizá me conforme un poco, quizá no quiero tratar de secar el océano con papel de cocina.
Todas las noches recuerdo que en el cajón con llave hay un saco de terciopelo escarlata. Dentro de él, un pañuelo ensangrentado y una botella de perfume rota. Pero nadie, ni siquiera yo, sabe dónde está la llave.
M crea un amor imaginario, lo usa, lo saca y él no duele. Se enamora de un tipo real, y ahora le tiene que terminar al maldito fantasma que, sin doler, envuelve su pecho todas las noches con aquellas cosas innombrables de los seres imaginarios. A los fantasmas se los mata convenciéndolos de que son felices. La desdicha es su sangre y se seca como polvo desértico.
Todo lo que a usted le digan sobre el amor no puede ser cierto. De esas cosas no se puede hablar ni sobrio ni despierto. Cuando uno sabe lo que está diciendo se arruina. Todos saben cuál es la esencia del problema y cada uno le da su nombre propio. Yo no sé ninguno aparte del mío. Las hormigas caminan por mis antebrazos y usan la translucidez de mi piel como carretera.
H se reproduce como las bacterias cuando se oculta el sol. Sus hijos, clones, asesinados al nacer, se pudren bajo el piso de una fábrica de colchones cuya ubicación es secreto nacional.
En las noches la realidad se disuelve. Entre las 12 y las 4 nadie sabe qué hizo con exactitud. Todos tienen una jodida idea, pero si uno se pone a averiguar habría sido lo mismo si los hubieran abducido los extraterrestres.
V no sabe lo que hizo en la noche del 30 de abril de 1999. Pero sabe que aquello que hizo cambió su vida. Pronto se cumplen once años del suceso y todo lo que recuerda es una botella de whiskey añejo y un gato gordo que abría su mandíbula con dientes puntudos para comenzar a hablar sobre la calidad de las cosechas de vino del '72.
En la noche del 4 de octubre de 2007, X caminó hacia su casa sobre piedras blancas y hojas secas. Mientras andaba, las luces de la calle titilaban hasta apagarse con un chasquido y un chorrito de humo. Entonces supo que lo que pasara de ahí en adelante dejaría de tener valor de realidad. Todo fue bueno, a partir de esa noche, pero nada de eso pasó alguna vez. El 29 de febrero de 2008 X vio como una ambulancia se chocaba contra un bar vikingo. Un paramédico saltó fuera de la ambulancia aplastada con habilidad felina. Los intestinos colgaban fuera de su estómago. Anduvo con paso erguido hacia X, quién quería ser médico así no lo fuera en la realidad. Sonrió. X sabía por que sonreía. Se desplomó de repente y cayó sobre X, quien mirando las luces en las ventanas encenderse entendió que todo lo que pasara luego sería verdadero, jodidamente verdadero.
Nadie se da cuenta cuando cierra los ojos. O si los cierra. O si los vuelve a abrir. Si le cosen los ojos al dormir y vuelve a abrirlos antes de despertarse.
L duerme sobre su escritorio, al lado de su máquina de escribir. Sus ojos son negros y pétreos como los de playas tristes. Al lado de una de las patas de la silla está un escarabajo retorciéndose de espaldas, con una aguja atravesando sus alas, incapaz para siempre de dar media vuelta. L a veces se levanta, sonámbula, con sus ojos brillantes como lagunas de bosque espeso. Vuelve a la silla y sigue en su sueño. En una de esas veces se mete al baño, aún sin despertar, se ducha y se acuesta desnuda en el piso marmóleo. Se despierta tiritando en un charco diáfano, incapaz de dar media vuelta.

lunes, diciembre 28, 2009

En la horca lo que te mata es la ruptura del cuello, no la asfixia

No sé si usted ha tenido la sensación de conocer a su némesis. Esa persona que sólo le da dos opciones: O que usted acabe con ella o que ella acabe con usted. Esa persona que usted mira a los ojos y ve en ellos todo lo que usted ha vivido para temer y odiar. Sin embargo, usted está consciente de que en realidad esos ojos también son los suyos. En el fondo usted admite que no está viendo un enemigo, está viendo lo que por razones oscuras y decisiones propias usted no llegó a ser. Se está viendo a usted mismo plasmado en un mundo que escapa a su mente.
Esa persona, sí, intrigante, repulsiva, atrayente, maldita. Va a traer desdichas a su vida. Vive para destruir lo que usted desea construir. Por sus sueños, por sus ideales, ¿Por qué no destruirla? O al menos ir a un sitio lejos, muy lejos de ella. Ah, pero la fascinación permanece, ¿No es así?
Aunque la odia, aunque la aborrece, hay un vínculo que no puede cortar. Las esencias son iguales. Tal vez usted decida ser prudente y cuerdo, una persona normal, y caminar en la dirección contraria. O tal vez elija ese demoníaco atractivo que no puede evitar. Él, ella, tiene muchas más cosas en común con usted de las que podría imaginarse. No sería extraño que se convirtiera en su mejor amigo, o en su amante.
¿Cree que después de todo lo que he dicho podrá salir bien parado de esa relación? Porque usted va a arrastrarse por lugares dentro de su alma que desconoce completamente. Lugares sórdidos, lugares iluminados, lugares a los que solo puede hacerlo llegar alguien que nunca podría ser como usted. Nunca podrán a volver a ser los mismos, ni usted ni su némesis. Desde el momento en que ninguno de los dos huyó del otro, la destrucción mutua quedó asegurada. Ha sido desde el principio una partida de ajedrez, una bastante cruel.
El odio llegará porque siempre ha estado ahí.
Es una criatura repulsiva, no se parece a usted. Nunca podrá. Es un peligro. Lo amará, lo odiará y sólo Satán sabe hasta dónde llegará esto.
Están hechos para herirse.
Lo odia, no lo odia. ¿Lo odia? Sí, lo odia.
Retroceder es imposible.
Todos los caminos llevan al infierno.
Bang! Lo odia. Bang! Mátelo.
Siéntese solo con la pistola ardiendo, con los restos de pólvora en la manga de la camisa. Usted es apenas esa otra posibilidad de todos los demás, lo que ellos podrían ser bajo otras circunstancias. El juez va a sentenciarlo, tras mirar dentro de sus ojos (Ojos asesinos, ¿Son distintos a los otros?). Probablemente vea la verdad. Quién sabe, tal vez se encuentre a sí mismo siendo el criminal. No lo dirá y no lo exonerará, el juez no es tonto.
Mírese usted a los ojos. ¿Desde cuándo es un asesino, un despojo humano? ¿Siempre lo fue? Culpa de su padre, dice su madre. Culpa del ácido, dice su padre. Culpa del trastorno paranoide, dice el loquero.
Mire los ojos fijos e inertes de su némesis. Es tan parecido al suicidio lo que usted ha hecho…
Mire a la muerte lamiendo los cadáveres en el patíbulo. Mírela riéndose de usted. Mire una y otra vez los pecados de su némesis.
Míreme y dígame quién está loco. ¿El mundo o yo? Míreme cuando me pasen la cuerda al cuello y dígame que hay algo en usted que lo detiene de ser yo; o de ser ella, mi víctima.
Trate de jurarlo, trate de no bajar la vista. Trate, trate y trate, pero no puede evitar SER como yo.

jueves, diciembre 18, 2008

Voltear la almohada para obtener el lado frío

Una noche, soñé.
Fue un sueño muy importante.
Durante todo el día siguiente pensé en mi sueño, mi primer sueño importante.
Estaba tan emocionada que aquella segunda noche, cuando soñé, soñé que soñaba nuevamente mi sueño importante.
Fue tal el orgullo que llenó mi espíritu tras este asombroso hecho, que le conté a todos mis amigos (y también a los vecinos, los tenderos, el conductor del taxi, y cuanto humano quiso prestarme una pizca de atención.) aquella inesperada hazaña que jamás pensé que podría cumplir.
Aquella noche yo no soñé nada.
He deducido que el hecho de no haber soñado nada causó un vacío-anomalía en el mundo de los sueños, y los vacíos siempre deben ser compensados de alguna manera. Por esta razón, todas las personas que escucharon mi asombrosa hazaña soñaron cosas muy importantes.
La mañana que le siguió a esos sueños fue la más extraña de la que he tenido noticia.
Había gente que volaba, gente que caminaba en las cejas, un barrendero que era ahora gerente de una multinacional de aspiradoras digitales.
Nadie jamás había visto tal cosa. Era espectacular, y el gobierno y los periodistas vinieron a enterarse de lo que había ocurrido. Como no eran capaces de explicar nada, llamaron a neurólogos, psicólogos, sociólogos y cuantos logos pudieron encontrar.
Los logos tampoco pudieron hallarle una explicación concreta al asunto.
Sólo supieron que todo había comenzado con mi sueño importante y me sacaron en las noticias, pues era un sueño verdaderamente importante.
Todo el país conoció mi sueño y mi historia.
Esa noche tampoco soñé.
Y todo el país tuvo sueños importantísimos.
Me llegaron cartas de hombres culebra, de tres mil personas que ganaron la lotería. De cosas que ahora eran personas, de personas que ahora eran nubes. Todo soñado en una noche.
Al caer la noche ninguno de ellos soñó.
Sólo yo.

viernes, agosto 08, 2008

Intervalos oníricos

-¿A dónde me trajiste?
La joven se extrañó del aspecto de su hermana. El pelo, normalmente ondulado y de un rubio claro, caía en una cascada lacia sobre sus hombros. Y el rostro, más pálido, lánguido y bello de lo que era normalmente. Su porte, normalmente entre jovial y gruñón, se mostraba ahora imponente.
Ella no respondía nada, se limitaba a mirar a lo lejos con sus ojos oscuros.
El sitio parecía normal. Un edificio amplio con algunas puertas de vidrio en sus paredes. La joven lo reconocía, pero no lo recordaba. Y la luz era tan blanca, tan impecablemente blanca.
Los ojos de su hermana la miraron a los suyos propios. Lo extraño era que el marrón oscuro del iris se desteñía a gris oscuro, a plateado, a blanco. Era desagradable la forma en que se desteñían, por parches. Y entonces las manchas rojo brillantes aparecieron, haciendo lucir los ojos como de bestia albina.
-¿Qué... qué le pasa a tus ojos?
-Voltéate.
Giró para encontrarse con otra puerta de vidrio, opaca, de las que sirven de espejo. Y vio allí sus ojos escarlata, su rostro que no era su rostro, su cuerpo que no era su cuerpo...
Del susto tropezó con el borde del baldosín, observando como una mujer daba su evaluación del suceso tras unos lentes muy gruesos.
Ahora, por más que sus ojos rojos intenten evitar el sol, aunque corra huyendo del terrible mediodía, siempre hay un resplandor sanguíneo que escapa para rebotar eternamente en los espejos de los muros.

sábado, abril 12, 2008

Pantomima amnésica

Te ofendí gravemente, unos veinte o treinta minutos atrás. ¿Tan poco tiempo? Yo que sé, pudo haber sido el siglo pasado, igual no me acuerdo.
¡Te juro que no me acuerdo! No es una excusa mediocre para disculparme contigo. Pero ven, por favor, haz como si detrás de la puerta me escucharas...
Lo malo es que me acuerdo de la imagen pero no del sonido. Como una película muda. Las bocas
retorciéndose, formando letras para lanzarlas al aire. Aunque sin significado, porque yo no sé leer los labios.
El recuerdo mudo que conservo es algo así como lo que voy a contarte, para que me corrobores. Estaba yo
pseudodurmiendo (Expresión que significa un sueño poco profundo sobre la cama tendida, con los zapatos puestos y la luz prendida), cuando tú entraste y dijiste algo. Tal vez me dijiste que durmiera algo más cómoda. Me desperté, pero no lo suficiente como para ser consciente de mis actos.
Me senté en el borde de la cama, de espaldas a ti. Estaba de mal humor, al menos recuerdo haber fruncido el ceño. Mis labios se movieron, y creo que los tuyos debieron de haberme respondido, ya que giré la cabeza hacia ti. Seguimos conversando y los gestos se fueron endureciendo.
Entonces yo dije algo largo y muy desagradable.
La amargura surgió en tu rostro mientras que yo pronunciaba tan horribles (y desconocidas) palabras. Me gritaste. Yo hice lo mismo hasta que te fuiste dando un portazo. El sonido regresó un poco y yo grité algo que incluía las palabras "Yo" y "No".
Me volví a recostar en la cama, un tanto adormilada. Aún así había despertado un poco y por consiguiente olvidado toda la parte sonora de la conversación anterior. Quise ir a disculparme. Había gente en el salón viendo un programa de opinión y me vieron pasar. Pero tú estabas en tu cuarto.Luché unos segundos con la chapa de la puerta hasta que supe que era inútil y volví a mi cama.
Hice un esfuerzo enorme por recordar (A veces pienso que las palabras "Tiempo" y "Noche" estaban en la discusión. Dato inútil, por cierto). Sobra decir que no quería herirte, que no estaba en mis cabales.
No he vuelto a oírte esta noche. ¿Qué diablos haces
encerrado allá adentro?¿Por qué no tienes la cortesía de decirme algo, así sea para insultarme?Ni siquiera puedes seguir tratándome de esa manera mucho tiempo.
Un momento. Yo no recuerdo que hayas vuelto, ni mucho menos que te dignaras a dirigirme la palabra... Perfectamente pudo haber sido un sueño. O que soy
esquizofrénica. O que ya se me jodió la memoria del todo.
Qué importa, pase lo que pase me odias y además estoy loca. Vaya consuelo.

lunes, enero 28, 2008

Love and Doom.

Bien, este poema no me acuerdo por qué lo escribí (tal vez estaba aburrida), ni siquiera es realmente bueno, pero aquí está para ser juzgado...

Marcha nocturna...
deseo silencioso...
La Caminante taciturna
ve la luz lejana
y aguarda.
Sólo aguarda.
Sacrificio.
Maleficio.
Tinieblas.
Malevolencia.
Incluso las criaturas oscuras tiemblan
ante los antiguos sortilegios,
perdición de imperios,
senda al averno.
Todos caen,
el guerrero y el nigromante.
Porque,
¿Quién no mandaría todo a la devastación,
en nombre del amor?